Lunes, 11 diciembre, 2017

Estremera, pueblo de Madrid.

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MI VISITA A LA CUEVA DE PEDRO FERNANDEZ (Estremera)

MI VISITA A LA CUEVA DE PEDRO FERNANDEZ (Estremera)

Por Mariano Rodríguez Mayoral – Espeleólogo

Intentar describir la villa de Estremera atendiendo a sus visibles cualidades comunales o por el hecho incuestionable de tratarse de la población más oriental de la Comunidad, no pasaría de ser un pretencioso ejercicio lingüístico. A Estremera se le conoce y se le seguirá teniendo en cuenta por la singular alquimia que se amalgama combinando Alcarria y Mancha, como influyentes ingredientes, para convertir esta tierra de la Vega en lugar de reposo y ocultas historias. Y de entre estas, vengo a referirme a la cueva de Pedro Fernández, también conocida como sima de Las Yeseras, principal exponente de un íntimo tesoro, en un pueblo que alardea a los cuatro vientos del resto de su historia sin ningún otro inmerecido recato, pero que sabe ocultar y conservar orígenes ignotos para muchos. El pasado es cómo es y no cabe intentar hacer interpretaciones concretas, más de lo que no hay ninguna duda es de que antes incluso que en otros muchos pagos, hubo estremeros que donaron su huella y su impronta como histórico y valioso legado. Por mi condición de entusiasta de las cavidades subterráneas y su mundo singular, tuve la oportunidad de participar en una maravillosa visita a la mencionada cueva allá por el año setenta y dos, fecha que coincide con su declaración como Monumento Histórico Artístico durante el mes de Junio. Por entonces el grupo espeleológico Estándar de Madrid, con el que había participado en varias exploraciones, se ocupaba concienzudamente de los trabajos de topografía, documentación y completa exploración de la cavidad.

Fue una visita en la que participaron expertos espeleólogos como Francisco Mediavilla, Pompeyo Moreno, Agustín Merchante y el grupo antes mencionado dirigido por Félix Moreno, que, y merece especial mención, dedicaron seis años de su actividad a completar el trabajo de prospección y colaboración arqueológica que comenzaron en su día. Cito sus nombre pues hablamos de años en los que determinadas pasiones vinculadas con la naturaleza, exigían grandes sacrificios por falta de medios y reconocimiento social. Sirva pues de homenaje a los que precisamente consiguieron que hoy se puedan conservar maravillas como las que encierran los campos de Estremera. Básicamente, existen dos tipos de cavidades formadas por efecto del agua, las situadas en macizos calizos o aquellas que se producen sobre terrenos de yeso. Las Yeseras, como su propio nombre deja al descubierto, forma parte de las segundas y, habiendo conocido varias de ellas, debo admitir que la magia que desprende esta cavidad está fuera de lo común. Considerando siempre que hablo del momento en el que tuve oportunidad de transitarla, la combinación de excesiva humedad, restos de vida humana y el especial brillo que desprenden sus paredes y formaciones a la luz de las linternas, me ha hecho conservar un recuerdo mezcla de lo próximo y lo esotérico que impide cualquier sencilla descripción. El mimo con el que se trabajó en aquella cavidad está fuera de lo común y el cariño con el que los espeleólogos entregados a los trabajos llevaron a cabo sus movimientos dentro de la misma, hace todavía más incomprensible y censurable el que sufriese posteriormente de expolios que destruyeron su histórica impronta. Desalmados ha habido siempre y siempre los habrá, pero si hay algo que no se pueda permitir es que la maldad se combine con la ignorancia. Puede que algún ratero de poca monta piense en lograr hacer almoneda con una vasija fechada hace más de tres mil años y así quitarse algo de hambre de encima, pero ser tan inculto como para pretender transformar en vil metal un tesoro histórico de semejante magnitud sin ni siquiera saberlo, carece de comentario prudente salvo con el atenuante que proporciona la profunda ignorancia que desgraciadamente tanto nos identifica. Gracias a las buenas gentes de Estremera regidas adecuadamente, la cueva se encuentra hoy preservada y aún contiene mucho estudio sobre la historia que encierra.

He incluido en este comentario, que no pretende semblar ningún dato histórico ni geográfico ya que son de sobra conocidos, cinco escasas instantáneas que pude conservar de aquella visita. Son pocas aunque de indudable valor documental ya que me consta que ninguna de ellas sería reproducible a consecuencia de la mano larga de los depredadores.

Estremera 1

Estremera 2

Estremera 3

En estas tres se puede apreciar lo que en términos manejados por el equipo explorador se dio por denominar “la cocina”, dado el orden y estado de conservación en que se encontraban los recipientes de barro allí colocados y los restos de haber servidos como hogar habitacional.

La siguiente recoge una vasija de barro en la que se puede apreciar con toda claridad como los cristales de yeso han cubierto la arcilla hasta darle una apariencia casi vidriada. Pero tal vez la más importante por su contenido sea la que contiene un esqueleto deteriorado con restos de un craneo fraccionado.

Estremera 4

Es la quinta y, quizás, la más importante por su singularidad. No hay ningún objeto próximo que determine el tamaño, pero puedo asegurar que se trataba de un niño en su primera etapa de vida.

Estremera 5

Lo más curioso y significativo es que se puede observar una pequeña vasija en la parte superior de la foto con un orificio en su parte inferior. El tamaño del recipiente sería de unos ocho centímetros y, según la valoración de los arqueólogos vinculados a la exploración, se trataba de un biberón desarrollado en tiempos tan ancestrales. En el orificio mencionado se adosaba una tetina de cera natural y el bebé succionaba a través de ella. Lógicamente, con el paso de los siglos la cera había desaparecido pero el pequeño artilugio se mantenía y, al parecer, se había dejado junto al niño tras el fallecimiento como objeto de su posesión. Bien, esta es la aportación que quiero hacer a esa tierra estupenda que debe seguir conservando cuanto de historia le identifica y sentirse orgullosa de poseer no solamente aquello que se ve, sino también lo que la naturaleza conserva celosamente para evitar, precisamente, que nosotros acabemos con ello.

Acerca de Estremera (La voz)

"Estremera (La Voz)" es el equipo de redactores del periódico de Estremera. Dos personas ilusionadas con su pueblo que quieren dar a conocer toda la actividad que va surgiendo en Estremera. La Voz de Estremera es un periódico para todos los estremereños y estremereñas, y queremos que todos podáis participar en él.

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